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James Buchanan: entre ciencia económica y filosofía moral

«Pero no es el movimiento popular, sino el viaje de las mentes de aquellos hombres que se sientan en la silla de Adam Smith lo que es realmente serio y digno de toda atención»

- Lord Acton


James M. Buchanan (1919-2013) fue uno de los economistas más importantes del siglo XX por varios motivos que revisaremos en este prefacio.[1] Buchanan recibió el Premio Nobel de Economía en 1986[2] por haber fundado dos campos importantes de la ciencia económica: la teoría de la elección pública—conocida en inglés como Public Choice—y la economía política constitucional—conocida en inglés como Constitutional Political Economy. Buchanan fue un economista excepcionalmente prolífico: fue el autor de más de 20 libros y más de 300 artículos revisados por pares, por lo que hacer una revisión de sus ideas en menos de 10 páginas es una tarea casi imposible. Sin embargo, el lector podrá advertir al menos, en las líneas que siguen, por qué James Buchanan constituye una figura trascendental en la intersección de la economía, la política y la filosofía (PPE).[3]

Buchanan fue un economista brillante pero atípico, y quizás por eso mismo uno de mis economistas favoritos, ya que a pesar de haber hecho grandes contribuciones a la economía mainstream en campos como la teoría de los bienes públicos, la teoría de las finanzas públicas, teoría fiscal y teoría impositiva, sus más grandes contribuciones a la ciencia económica están en la intersección entre la filosofía, la política y la teoría de la democracia. Es decir, la importancia de Buchanan como intelectual no reside en el hecho de haber sido sólo un buen economista, sino que en su interdisciplinariedad y amplitud de visión, ya que además fue capaz de iluminar con el análisis y la lógica económica preguntas trascendentales en los campos de la filosofía, la ética y la política. Así, Buchanan rescata mediante su trabajo la visión clásica de los economistas políticos como David Hume y Adam Smith, que eran sobre todo filósofos morales. De esta manera, bien se podría advertir que Buchanan se encuentra en las antípodas del hacer economía, no como un simple apéndice deslucido de la ingeniería y la matemática de maximización bajo restricciones, sino como una ciencia moral que estudia individuos, grupos y sus interacciones bajo distintos contextos, distanciándose de plano de la visión maisntreamde su contemporáneo el famoso economista Paul Samuelson (1915-2009).[4]


Gracias a su originalidad y amplitud de visión, Buchanan fue en gran parte responsable del renacimiento de la economía política durante el siglo XX, situándola como una actividad académica respetable y sobretodo multidisciplinaria; generando un nuevo espacio de investigación en donde hoy confluyen cientistas sociales, economistas empíricos, filósofos, cientistas políticos y distintos investigadores interesados en fenómenos políticos, el rol de las instituciones en el desempeño socioeconómico y en distintos aspectos de la acción colectiva. De manera equivocada, el trabajo de Buchanan en la teoría de la elección pública a menudo se interpreta como una instancia de “imperialismo económico”; sin embargo, el Premio Nobel de economía Amartya Sen ha argumentado[5] que Buchanan no debe identificarse con el imperialismo económico, ya que ha hecho más que cualquier otro economista en el Siglo XX por introducir temáticas cómo la ética, el pensamiento político, la filosofía de la libertad, la teoría de la democracia, el rol de las leyes y las constituciones y, de hecho, el pensamiento social dentro de los estudio de la economía. De esta forma, Buchanan no ha hecho “imperialismo económico” como señalan sus detractores, sino que ha enriquecido a todas las ciencias sociales en su conjunto, en vez de contribuir a separarlas en debates estériles y jerga sobre-especializada que solo pocos entienden. En definitiva, si hablamos de pensadores e intelectuales que estén en la intersección entre la ética, la filosofía, la economía, la política y la democracia los nombres de Friedrich Hayek, Amartya Sen y James Buchanan deben ser de las cúspides intelectuales más altas del siglo XX.


1. Libertad, constitución y democracia limitada

En lo referente a la teoría de la elección pública, Buchanan escribió en 1962, junto al economista Gordon Tullock, el libro fundacional de esta área del saber: The Calculus of Consent.[6] Hay pocos libros en la historia de la economía que hayan cambiado profundamente la manera en la cual los cientistas sociales entienden los fenómenos económicos y políticos, La riqueza de las naciones de Adam Smith es uno de aquellos libros. James Buchanan y Gordon Tullock hicieron algo parecido al publicar The Calculus of Consent en 1962.


Dicho libro es una de las piedras angulares de la economía política y la ciencia política del siglo XX, ya que conecta las decisiones políticas y las decisiones constitucionales de los individuos en la sociedad con la lógica económica subyacente que los promueve a tomar ciertas decisiones grupales, generando un nuevo paradigma en la manera de entender la política. Dicho libro, en concomitancia con la lógica de la acción de colectiva de Mancur Olson publicado en 1965, generaron los puentes analíticos y las herramientas lógicas para entender en manera más rigurosa los fundamentos de la acción colectiva, las decisiones grupales—como los conjuntos de reglas que nos imponemos—y las decisiones políticas en general. No es una exageración decir que The Calculus of Consent es para la ciencia política y económica, y para la teoría de la democracia en general, similar a lo que el libro Una teoría de la justicia de John Rawls es para la filosofía política. The Calculus es brillante, ya que en el, Buchanan y Tullock fusionan los métodos económicos y la teoría política con el objetivo de demostrar cómo las instituciones democráticas de un sistema de democracia liberal constitucionalmente limitado—como el creado en Estados Unidos por los padres fundadores—pueden justificarse racional y contractualmente desde el punto de vista de los individuos libres.


El libro avanza nuevos métodos económicos y políticos en un intento de resolver un viejo problema de la filosofía política: el problema de la justificación democrática y cómo el hombre puede vivir libre pero sin embargo estar sometido a cadenas y a otras voluntades que no sean la suya. La respuesta que Buchanan y Tullock dan a esta inquietud, ya planteada por Rousseau, surge a través de una forma de constitucionalismo contractual, orientado en el individualismo metodológico. Es decir, su marco contractual es individualista y asume únicamente que los individuos son racionales y sólo ellos eligen: solo aceptarán reglas y límites que probablemente sean más beneficios que nocivos para ellos mismos. Esto permite a Buchanan y Tullock modelar el consentimiento como un acuerdo contractual y de negociación sobre meta-reglas que todos en la sociedad tendrían motivos para respaldar. Al modelar contractualmente la justificación democrática, Buchanan y Tullock también capturan la idea de un “gobierno del pueblo”, sin invocar ninguna concepción organicista o teológica de “voluntad general”; orientando a la teoría de la democracia en supuestos modernos y razonables de las ciencias sociales y no en visiones románticas o teológicas de una presunta “voluntad general” del pueblo que sólo ciertos partidos políticos o ideólogos de turno pretenden conocer.


Los individuos racionales entonces saben que necesitarán reglas, mecanismos de cumplimiento y de sanción, límites claros ‘anti-democráticos’ para proteger sus derechos de mayorías circunstanciales y un conjunto establecido de procedimientos para redactar nuevas reglas o cambiar las antiguas. Las meta-reglas que rigen cada uno de estos aspectos pueden entenderse como la constitución fundamental de una sociedad. De esta manera, The Calculus nos demuestra de forma nítida que la única forma racional y estable de democracia es aquella en la cual sometemos nuestras voluntades circunstanciales o de grupo a un conjunto de reglas relativamente fijas en la forma de un sistema constitucional basado en reglas de mayoría calificada (super-mayority rules). Similar a Ulises de la Ilíada entonces, y pace Rousseau, la única forma en la cual podemos ser libres en una comunidad política, si no queremos naufragar ante los cantos de sirena demagógicos que a ratos parecen acechar a las democracias alrededor del globo, es amarrándonos a conjuntos de reglas de apariencia ‘anti-democráticas’ que requieren mayorías calificadas, y que, por lo tanto, debemos reconocer que hay ciertas decisiones colectivas que requieren estar lejos de los vaivenes de la voluntad general del pueblo.[7]


En síntesis, The Calculus of Consent, es un libro trascendental que esta en la intersección entre la economía política, la ciencia política y la filosofía política, siendo el libro fundacional de la teoría de la elección pública y uno de los motivos por los cuales la Real Academia Sueca le otorgó el Nobel a Buchanan. Dicho libro además ha sido clave para que futuros cientistas sociales exploraran luego distintos arreglos institucionales existentes —que no pertenecen ni a las lógicas del mercado ni a las lógicas del Estado—. Esto ha permitido además comprender las lógicas económicas y políticas detrás de la creación de arreglos institucionales de acción colectiva (a nivel local), para resolver problemas políticos complejos o problemas ecológicos de recursos comunes sin la necesidad de privatizar o Estatizar el problema. De hecho, la politóloga y primera mujer en recibir el Premio Nobel de Economía Elinor Ostrom (1933-2012), reconocía explícitamente al libro The Calculus, como uno de los libros más influyentes e importantes que ella haya leído en toda su carrera.[8]

2. La política sin romance y las fallas del Estado

Sin duda uno de los aspectos más conocidos e importantes de la carrera de James Buchanan fue el hecho de que el creara, junto a Duncan Black, Gordon Tullock, William Riker y a Mancur Olson, entre otros, el campo de la Public Choice. Como lo estableció Gordon Tullock,[9] la teoría de la elección pública (public choice) es “el uso de las herramientas conceptuales y formas de pensar de la economía para poder lidiar con problemas tradicionales de la ciencia política” y de la acción colectiva. Esta teoría busca aplicar el uso de la lógica económica y la racionalidad al análisis de fenómenos colectivos y de interacción humana, al análisis de distintas esferas de lo social, lo público y lo político, fuerade las interacciones tradicionales de mercado. Como diría Buchanan, es “extender la teoría económica al funcionamiento del sector público”.[10]


El surgimiento de la teoría económica aplicada a la política y la democracia revolucionó la manera en que se entienden los procesos políticos y los procesos de decisión colectiva fuera del mercado. Antes de la llegada y la consolidación de la Public Choice durante finales de los años 70’, la mayoría de los economistas tenían una visión romántica e ingenua del Estado y de la política pública. Recordemos que hasta los años 70’ el paradigma predominante en economía era el movimiento Keynesiano macroeconómico y la teoría del bienestar de Paul Samuelson y Kenneth Arrow (welfare economics), los cuales veían al Estado como un ser omnisciente y benevolente, que estaba pronto para solucionar los problemas y las fallas que podría generar el mercado. Tanto la teoría del bienestar de los economistas mainstream de la generación de Samuelson, cómo los economistas del servicio público, inspirados en la visión de John Maynard Keynes, tenían la convicción, a pie juntillas, de que el poder del Estado y la política se podrían usar siempre a servicio de la sociedad y del bien común; bastaba sólo que economistas inteligentes y técnicos ¡como ellos obviamente!, estuvieran a cargo de dar consejos de política pública a dicho déspota benevolente, para poder conducir a la sociedad hacia el bienestar y el pleno empleo. ¡la tarea del bienestar social era entonces, en apariencia, muy fácil; bastaba darle el poder y la discreción a los burócratas y a los economistas!


De esta forma, fallas económicas como los ciclos económicos, el desempleo, las fallas del mercado, las asimetrías de la información y las externalidades eran—supuestamente—fácilmente solucionables a través de la intervención estatal guiada por economistas expertos. El Estado entonces era visto con una visión romántica muy alejada de la realidad: como aquel deus ex machina que es invocado por los economistas, cual varita mágica, para resolver todos los problemas de la sociedad. Dicha visión normativa y romántica del Estado y de la política contribuyó de sobremanera, sobretodo durante las décadas de los 60’ hasta finales de los 70’, a una explosión de la deuda pública, la expansión desenfrenada del tamaño del Estado y la creación de innumerables ministerios y burocracias de distinta índole y de escasos beneficios sociales. Así las cosas, todos los economistas hablaban y sabían de las innumerables fallas del mercado, pero pocos querían reconocer las verdaderas fallas presentes en el Estado y en la política. Todo esto cambió con la llegada del trabajo de Gordon Tullock, George Stigler y James Buchanan y sus ideas de ver la política sin romance. Buchanan entonces ayudó a reventar la burbuja de aquellos que creían que el Estado estaba siempre en condiciones de promover el bienestar social, criticando dicha visión romántica que se tiene de la política, generando así un cambio radical de paradigma con respecto a las limitaciones del poder estatal en la solución de problemas sociales. Con Keynes y Samuelson, durante los años 50’ y hasta los 70’, la discreción del servicio público alcanzó su máximo apogeo fáctico; pero luego gracias al paradigma de la elección pública de Buchanan y Stigler, se empezaron a revalorizar nuevamente el poder de las reglas, sean estas las reglas fiscales, las reglas monetarias, las restricciones al poder político y la limitación de la esfera de discreción de los burócratas y economistas de turno.

La teoría de la elección pública asume que las personas se guían principalmente por el interés propio o interés personal, incluidos los políticos, los burócratas y los funcionarios gubernamentales. Establece que todos los seres humanos son imperfectos y auto-interesados, no sólo los empresarios en el mercado, sino que también los burócratas en la política. Buchanan postula que los individuos que se desenvuelven en el sector político, al igual que todos los demás individuos en otros sectores, actúan racionalmente y basan sus decisiones en sus propios análisis de costos y maximización de sus beneficios personales. Así, los mismos principios utilizados para interpretar las decisiones de las personas en un entorno de mercado se aplican a la votación, el cabildeo, las campañas e incluso a los burócratas.


Siguiendo a Maquiavelo y otros pensadores italianos pragmáticos de la política como Vilfredo Pareto y Gaetano Mosca, Buchanan sostiene que el primer instinto de una persona en la política es tomar decisiones públicas en función de su propio interés; idea que contrasta de forma radical con los modelos políticos anteriores en los que los funcionarios del gobierno se asumían como ángeles benevolentes que actuaban en el mejor interés de los electores. Buchanan explica que muchas de las promesas hechas en política pretenden parecer relacionadas con el interés de los demás y el bienestar general (piénsese por ejemplo en las dañinas políticas de retiros de los fondos de pensiones realizadas en Chile durante 2020 y 2022), pero en realidad estas son productos de motivos ocultos o auto-interesados. Según este punto de vista, muchas de las decisiones políticas, rara vez se toman con la intención de ayudar a alguien más que a quienes simplemente toman la decisión. Es decir, muchas de las decisiones hechas por los políticos no se hacen teniendo el bienestar general en mente, sino que teniendo en consideración intereses personales o intereses de grupos de presión. En el Chile de hoy, plagado de populismos de corto plazo, visiones simplistas y polarizantes de la economía y acciones de políticas públicas dañinas como los retiros de fondos previsionales, pareciera que la visión pesimista de la política de Buchanan es lamentablemente una visión muy acertada de la realidad.


El Estado, al igual que el mercado, no es una panacea que resuelve todos nuestros problemas y—al igual que el mercado—este posee fuertes imperfeccionas y fallas que lo pueden llevar a ser disfuncional y a destruir el bienestar social. Del trabajo de Buchanan y de la elección pública entonces se generan las herramientas analíticas y conceptuales para poder entender todos los fenómenos asociados a las fallas del Estado y a las disfuncionalidades de la política y la burocracia. Fenómenos tan recurrentes y dañinos cómo: la búsqueda de rentas (rent-seeking), la captura del regulador (regulatory capture), la corrupción política, el fenómeno de las consecuencias no deseadas del intervencionismo, el comportamiento rapaz de los funcionarios públicos y las disfuncionalidades de la burocracia, el intercambio de favores políticos (logrolling), los problemas de lobby y el rol negativo de los grupos de interés son algunos de los fenómenos hoy asociados a las fallas del Estado que han sido identificados gracias al trabajo de economistas que siguen la visión de Buchanan de estudiar la políticas sin romance.[11]


En síntesis, James Buchanan sugería que la teoría de la elección pública debiera ser interpretada como una actitud crítica basada en la “política sin romance”,[12] para dar así pie a un análisis crítico y menos ingenuo de la generalizada noción previa de una política idealizada y perfecta en contraste con las imperfecciones de las fallas del mercado. Es decir, la elección pública vino a emparejar la cancha analítica entre las fallas del Estado y las fallas del mercado; algo que economistas de la talla de Arrow y Samuelson habían sido incapaces de reconocer. Desde este punto de vista, la elección pública constituye una corrección necesaria al conocimiento científico previo de los economistas, y su principal virtud consiste en exigir un cierto nivel de pragmatismo al momento de comparar estructuras institucionales imperfectas: el mercado, el Estado, y la acción colectiva de la sociedad civil. Todos estos arreglos institucionales son imperfectos y pueden presentar problemas en sus diseños de reglas. Lo importante es saber comparar sus límites y analizar sus propiedades y diseños constitucionales (el diseño de las reglas).

3. El poder de las reglas: entre la anarquía y el Leviatán

Finalmente, una tercera y última motivación para entender la importancia del pensamiento de Buchanan en la intersección entre la filosofía, la política y la economía, es su valioso trabajo respecto al rol de las reglas y a la economía política constitucionalista (o Constitutional Political Economy). En dicho aspecto, hay dos trabajos brillantes de este campo que sobresalen: su libro de 1975 The Limits of Liberty[13] y su trabajo con Geoffrey Brennan La Razón de las Normas.[14]


Su libro, The Limits of Liberty es una de las contribuciones más importantes del siglo XX en lo referente a la filosofía política contractualista, e hizo que el nombre de James Buchanan fuera más conocido que nunca entre los filósofos y teóricos políticos, al establecer a Buchanan, junto con figuras de la talla de John Rawls y Robert Nozick, como uno de los tres nuevos filósofos contractualistas, que construyeron sus sistemas filosóficos sobre los hombros de Hobbes, Locke y Kant. Al revisar la historia de la economía del siglo XX, me cuesta encontrar luminarias del mundo de la economía de la talla de James Buchanan que no sólo hayan generado contribuciones brillantes a la teoría económica, a la teoría fiscal y a la teoría de los bienes públicos, sino que además hayan hecho incursiones creativas en el campo de la filosofía moral y la filosofía política. En trabajos filosóficos como The Limits of Liberty, podemos ver la gran creatividad multidisciplinaria de James Buchanan como un verdadero pensador del mundo PPE, es decir en la intersección creativa y fértil entre la filosofía, la política y la economía.


Buchanan, siguiendo a Madison, enmarca la idea central de su libro The Limits of Liberty de la manera más convincente apenas en la apertura de su prefacio: “Los preceptos para vivir juntos no van a ser transmitidos desde lo alto. Los hombres deben usar su propia inteligencia para imponer orden en el caos, inteligencia no para resolver problemas científicos sino en el sentido más difícil de encontrar y mantener un acuerdo entre ellos. La anarquía es ideal para hombres ideales; los hombres apasionados deben ser razonables y establecer reglas. Como tantos otros hombres antes que yo, examino las bases de una sociedad de hombres y mujeres que quieren ser libres pero que reconocen los límites inherentes que les impone la interdependencia social”. Dicho de otra manera, Los límites de la libertad se ocupa principalmente de dos temas claves del pensamiento occidental. Uno es un intento de construir una nueva teoría contractualista del Estado, que difiere de aquellas de Hobbes y Rawls, y el otro trata de sus límites legítimos y cómo podemos limitar al leviatán con reglas. Este último es un asunto de gran importancia práctica y no es de poca importancia desde el punto de vista de la filosofía política.


Pues bien, uno de los puntos clave del pensamiento filosófico de Buchanan es que nos ayuda a comprender que la verdadera libertad, aquella que realmente valoramos en un orden social productivo, pacífico y estable, es un tipo de libertad individual en constante tensión y cuestionamiento entre, por un lado, nuestras ganas de expandir nuestras libertades personales y de expandir la anarquía y el libre albedrío personal, y, por el otro lado, el Estado, la política y las instituciones coercitivas que pueden hacer posible un orden social pacífico restringiendo nuestras libertades. La libertad moderna entonces se encuentra en el conjunto de reglas constitucionales y en las reglas que tejen el entramado legal que resuelve, jamás de forma completa, dicha tensión entre anarquía, individuos y el poder del leviatán. El verdadero quid de la libertad para James Buchanan recae entonces, no en la economía de libre mercado —aún cuando está sí es relevante para Buchanan— sino que en el diseño constitucional y en las instituciones o conjuntos de reglas que nos permiten vivir en libertad política y económica a través de lo que Acemoglu y Robinson denominan hoy como “el corredor estrecho” de la libertad y la prosperidad.[15] Al igual que la nueva economía institucionalista de Daron Acemoglu, Douglas North, Elinor Ostrom y otros, el foco final del pensamiento de Buchanan recae finalmente en las reglas y las constituciones que terminan por determinar los resultados y la prosperidad del naciones.


De esta forma, las reglas, las Constituciones y las instituciones no lo son todo, pero sí son fundamentalmente importantes en posibilitar la prosperidad o la miseria de un país. Hay pocos elementos causales tan importantes como las reglas. Los experimentos naturales de Corea del Norte y Corea del Sur, por un lado, y Alemania Oriental y Alemania Occidental, por el otro lado, son ejemplos empíricos ilustrativos de lo que Buchanan denomina como “los mismos jugadores, bajo distintas reglas políticas, obtendrán distintos resultados socioeconómicos”.[16] En palabras de Buchanan, podemos tener a los mismos jugadores con la misma cultura y la misma geografía (como las dos Coreas), pero al cambiar las reglas del juego socioeconómico, los resultados serán diametralmente distintos. Todos estos temas respecto al rol fundamental de las reglas y las constituciones se repiten, pero con otro enfoque, en su libro La Razón de las Normas. Todo aquello tiene relación con el segundo campo intelectual, dentro de la economía, que James Buchanan fundó en 1990 al crear la revista científica Constitutional Political Economy.[17]


La economía política constitucional es un programa de investigación que dirige el análisis hacia las propiedades operativas de las reglas y las instituciones dentro de las cuales interactúan los individuos, y los procesos a través de los cuales se eligen o se crean (y modifican) estas reglas e instituciones. Similar a la economía institucionalista de Elinor Ostrom, la economía constitucional de Buchanan pone énfasis en analizar el conjunto de reglas, mecanismos de sanción, punición, monitoreo, y los sistemas de beneficios y recompensas que orientan el actuar de los individuos dentro de un sistema dado. Su objeto de análisis entonces es el utilizar las herramientas de la economía y de la ciencia política para desmenuzar, comparar y analizar las reglas —sean estas buenas o malas— que orientan el comportamiento de individuos racionales. Su campo de aplicación entonces va desde las reglas del tráfico y de los colegios, pasando por los deportes, hasta las reglas que rigen la producción de investigación científica, las reglas financieras que rigen el comportamiento de los bancos de cara a crisis financieras y la política en general, en especial, el análisis de los sistemas electorales, los sistemas bicamerales y los sistemas para modificar las constituciones, entre muchos otros.


El énfasis en la elección de restricciones y análisis de reglas distingue a este programa de investigación de la economía convencional mainstream, mientras que el énfasis en la interacción cooperativa de la acción colectiva, en lugar de la conflictiva, distingue al programa de Buchanan de gran parte de la ciencia política convencional que busca reducir a la política en un juego maniqueo de suma cero entre amigos y enemigos. El individualismo metodológico y la elección racional pueden identificarse como elementos en el núcleo duro de este programa de investigación creado por Buchanan. La tarea de la economía política constitucional entonces tiene dos aristas: primero, se trata de esbozar los elementos clave de la estructura política; es decir, las reglas políticas que claramente influyen en los resultados e incentivos del proceso. Segundo, la Constitución y el conjunto de reglas a su vez, influirá en el patrón de resultados colectivos que puedan observarse. Buchanan sostiene finalmente que el éxito dispar de diferentes comunidades políticas, en el logro o fracaso de objetivos que parecen ser compartidos en común, se debe principalmente a la combinación de elementos en la estructura básica de las reglas y las Constituciones, y no a las diferencias culturales, geográficas o éticas entre los actores. Hoy, de cara a que Chile supo apenas evitar el suicidio constitucional en el 2022 y estamos tratando de resolver, en segunda instancia, el como redactar nuestro nuevo conjunto de reglas en común, es precisamente cuando el pensamiento económico y constitucionalista de Buchanan resulta más vigente que nunca.


En definitiva, por todos estos motivos dados en este breve prefacio, no tengo duda que la figura y las ideas de James Buchanan, al igual que la de Adam Smith, no hará más que agigantarse y valorarse con el paso del tiempo, sobretodo hoy que vemos programas de economía política y de PPE proliferar en Chile y en el mundo. Buchanan fue sin duda un pensador económico iconoclasta, inconformista y sui generis que se alejó del mainstream y de lo “popular” o “lo de moda” en la ciencia económica, para perseguir aquellas preguntas trascendentales e imperecederas de la filosofía política y de la ciencia social al sentarse en el sillón de Adam Smith, para ayudarnos a entender, como diría Lord Acton, aquello que es realmente serio y digno de nuestra atención.

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[1] Por motivos de espacio no podremos explorar en más detalles el pensamiento político y filosófico de Buchanan. El lector interesado puede consultar en español: Paniagua, P. (2022). “James Buchanan y la elección pública: implicancias para la economía y la filosofía política”. Economía y Política, 9 (2): 147-178. [2] Ver el discurso de recepción del Nobel: Buchanan, J. (1986). “The Constitution of Economic Policy”. Conferencia a la memoria de Alfred Nobel, 8 de diciembre de 1986. [3] El lector interesado en las contribuciones económicas de Buchanan puede ver: Atkinson, A. (1987). “James M. Buchanan's Contributions to Economics”. The Scandinavian Journal of Economics, 89 (1): 5-15, y Romer, T. (1988). “On James Buchanan's Contributions to Public Economics”. Journal of Economic Perspectives, 2 (4): 165-179. [4] Véase: Buchanan, J. (1984). “¿Qué deberían hacer los economistas?”. Revista Libertas 1 (Octubre 1984). Disponible eh: https://www.eseade.edu.ar/files/Libertas/49_2_Buchanan.pdf. [5] Sen, A. (2011). “On James Buchanan”. Journal of Economic Behavior and Organization, 80 (2): 367-360. [6] Buchanan, J., y Tullock, G. (1999 [1962]). The Calculus of Consent: Logical Foundations of Constitutional Democracy.Indianapolis: Liberty Fund. [7] Esto puede generar una visión distorsionada de Buchanan como un presunto anti-demócrata, pero aquello sería errado, pues Buchanan era un demócrata radical que creía en la libertad individual y en la igualdad de condiciones de las personas como sujetos morales y racionales éticamente iguales. Buchanan creía que cada individuo es moralmente igual a cada otro individuo. Dado que nadie es superior, éticamente hablando, a ninguna otra persona, ni las opiniones ni las preferencias de una persona deberían tener una ventaja especial sobre las de otras personas. Véase por ejemplo: Buchanan, J. y Congleton, R. (1998). Politics by Principle, Not Interest: Towards Nondiscriminatory Democracy. Cambridge Press. [8] Ostrom, E. (2011). “Honoring James Buchanan”. Journal of Economic Behavior and Organization, 80 (2): 370-373. [9] Tullock, G. (2008). “Public Choice”. En S. Durlauf y L. Blume (eds.), The New Palgrave Dictionary of Economics. Londres: Palgrave Macmillan, 2a ed. [10] Buchanan, J. (1987). “Aproximación de un economista a la política como ciencia”. Estudios Públicos, 25: 5-16. [11] Para una introducción breve a las fallas del Estado véase: Tullock, G., Seldon, A. y Brady, G. (2002). Government Failure: A Primer in Public Choice. Washington: Cato Institute. [12] Véase: Buchanan, J. (2003). “Public Choice: Politics without Romance.” Policy: A Journal of Public Policy and Ideas 19(3), 13-18. [13] Buchanan, J. (1975). The Limits of Liberty: Between Anarchy and Leviathan. Chicago University Press. [14] Buchanan, J. y Brennan, G. (1987). La Razón de las Normas: Economía Política Constitucional. Madrid: Unión Editorial. [15] Acemoglu, D. y Robinson, J. (2019). El pasillo estrecho: Estados, sociedades y cómo alcanzar la libertad. Barcelona: Deusto. [16] Véase: Buchanan, J. (2008). “Same players, different game: how better rules make better politics”. Constitutional Political Economy, 19 (1): 171–179. [17] Véase: Buchanan, J. (1990). “The domain of constitutional economics”. Constitutional Political Economy, 1 (1): 1–18.

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