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Giovanni Sartori, Parte I: pragmatismo y la democracia liberal

"la democracia representativa efectivamente estas a menudo y de distintas formas mal gobernada o es difícilmente gobernable; pero es democracia. Mientras que su presunta superación directa seria, me temo, una democracia que rápidamente dejaría de serlo" - Giovanni Sartori


El gran cientista político (politólogo) y filósofo de la democracia, el italiano Giovanni Sartori (1924-2017), tiene la siguiente reflexión acerca de la democracia en su famoso libro: ¿Qué es la democracia?:


"En cuanto forma política, nuestra democracia no puede ser mucho más que un orden jurídico que gira en torno a un conjunto de técnicas de libertad. Pero ésa no es una adquisición de poca monta. La democracia reaparece y se afianza en la realidad histórica a la estela del liberalismo precisamente porque recibe de él las estructuras políticas que la hacen viable. (...) a la democracia liberal (...) no le hace falta sólo el demócrata que aspira al bienestar, la igualación y la cohesión social; también necesita al liberal atento a los problemas de la servidumbre política, de la forma del Estado y de la iniciativa individual. La democracia sin liberalismo nace muerta."

- Giovanni Sartori, ¿Qué es la democracia?, p. 245.


A través de esta frase, Sartori se conecta con el pensamiento político Europeo que nace, en gran medida, con el trabajo de Montesquieu: Del espíritu de las leyes (1748), ya que nos recuerda dos puntos trascendentales de la democracia: 1) que esta es un sistema de técnicas y contrapesos de diseño institucional más que un ethos o un fin en sí mismo, y 2) que la democracia, para sobrevivir, requiere de un sistema liberal que le proporciona un andamiaje institucional que la hace viable en el largo plazo. De esta forma, surge una pregunta clave para el pensamiento político: ¿Por qué es tan importante hacer la distinción entre democracia a secas y democracia liberal? En este pequeño blogpost reflexionaré acerca de estos temas basándome en mi reciente lectura de este gran libro ¿Qué es la democracia? del pensador Florentino.


I. Los peligros de la Utopia de una democracia "pura" o no liberal:

Para comenzar, una de las cosas interesantes del libro de Sartori es su distinción entre democracia pura y democracia liberal. Para Sartori, la democracia pura es aquella que no tiene límites y no tiene restricciones y es aquella que nos permite tomar decisiones usando el poder de la mayoría simple sin contrapesos o sin barreras a la decisión de la mayoría. No obstante, Sartori advierte que la democracia pura (aquella sin contrapesos de instituciones liberales) es muy peligrosa ya que las mayorías circunstánciales pueden avasallar las libertades y las preferencias de las minorías. Las mayorías en democracias no liberales pueden entonces someter a su voluntad a las minorías.


Antes de entrar en detalles resulta útil definir que es "democracia directa" para Giovanni Sartori, para efectos de evidenciar sus grandes limitaciones y riesgos. Pues bien, para el pensador italiano, la democracia directa es: "una democracia sin representación, que es democracia en la medida en que elimina a los representantes" (ibid., 94). Posteriormente, Sartori señala además que "la democracia directa es también inmediatez de interacciones, una relación directa, cara a cara (o casi) entre participantes ... Y mientras permanezcan unidas [la ausencia de representantes y la inmediatez de interacciones], democracia directa y autogobierno son nociones intercambiables" (ibid., 99).


Ahora bien, a la luz de dicha definición, una de las primeras observaciones brillantes de Sartori surge aquí, al señalar que paradojalmente, ni siquiera aquellos que forman parte de una coalición que forma una mayoría estan libres de después perder su libertad, ya que, cuando el clima de opinión cambie y cambie la colación, estos se verán eventualmente en una futura minoría, siendo así avasallados por la nueva mayoría circunstancial. De esta forma, cuando nos dejamos regir por la "democracia pura" y por la ley de la mayoría en todas nuestras decisiones colectivas, no solo las minorías pierden su libertad, sino que también las mismas mayorías. En otras palabras, todos perdemos nuestra libertad individual tanto si formamos parte de la mayoría o de la minoría. En palabras de Sartori:


"sin respeto por la libertad de las minorías, no es solo que la primera prueba electoral cree de una vez por todas una división entre los que son libres (es decir sometidos a su propia voluntad) y los que ya nunca lo serán; cabe añadir que también la libertad de quien en aquella ocasión haya votado por la opinión de la mayoría se termine en ese momento, ya que, en la práctica, no le esta permitido cambiar de opinión" (Sartori, ¿Qué es la democracia?, p. 31).


Esto parece bastante obvio, pero es fundamental, ya que, por ejemplo, si nosotros somos parte de una colación de una mayoría que decida prohibir el consumo de carne y obliga a la minoría carnívora a ser vegetariana, ipso facto, nuestra libertad queda limitada a no poder cambiar de opinión, ya que, si nosotros cambiamos de opinión, nos haría salir de la colación de mayoría y por ende nos obligarían igual a no consumir carne. En la práctica entonces la "democracia pura" sin contrapesos, y la ley de la mayoría, posee tres problemas fundamentales para con la libertad de los individuos: primero, esta suele someter a las minorías a la voluntad de las mayorías imponiéndoles sus preferencias, segundo, además obliga a la mayoría a no poder cambiar de opinión, limitando así ademas las libertades y la libertad de pensamiento de aquellos que forman la colación de la mayoría, y tercero, en el caso de que la coalición de mayoría cambie de opinión en grupo, quizás mañana podríamos encontrarnos en la vereda de la "minoría" generando una gran falta de previsibilidad de nuestras libertades personales. En síntesis, como reconociera el gran pensador liberal Lord Acton "la prueba más segura para juzgar si un país es verdaderamente libre, es el quantum de seguridad del que gozan las minorías".


Otra idea interesante de Sartori, que es además una crítica a esta idea de la "democracia pura" o a aquella visión de un pueblo asambleario sin contrapesos y sin Estado, es su crítica a la concepcion anarquista de "autogobierno" o las visiones utópicas de democracia radical que no necesitan de contrapesos o instituciones liberales para poder sobrevivir y no caer en el caos. Pues bien, en su capítulo "Perfeccionismo y Utopia" Sartori hace una férrea critica a la visión utópica que tiene Marx del "autogobierno". Recordemos que la visión utópica de Marx, y de muchos socialistas utópicos, es la de establecer una sociedad con un autogobierno radical, sin jerarquías como el capital, sin Estado, en donde las elecciones económicas y colectivas se realizaran en un sistema descentralizado con asambleas o "de manera democrática". Ante estas visiones utópicas de poder construir una sociedad sobre las bases de sistemas democráticos puros o radicales Sartori señala que "este autogobierno no está, ni estará nunca, en ninguna parte; es decir, es una utopia cuya imposibilidad absoluta es siempre demostrable" (ibid., 60). Ante esto, Sartori presenta dos "reglas" que determinan los limites del "autogobierno" o de la democracia pura:


I) Regla número uno: "La intensidad de un autogobierno está en relación inversa con la extension a la que se aplica. En sustancia, la regla dice que la intensidad del autogobierno es máxima cuando la extension es mínima y que disminuye a medida que la extension [i.e., número de personas y extensión geográfica] aumenta" (ibid., 60).

II) Regla número dos: "La intensidad de un autogobierno esta en relación inversa con la duración [temporal] a la que se aplica" (ibid., 61).


A través de estas dos "reglas" o principios, Sartori es muy crítico de Karl Marx y su idea de un socialismo "democrático" o comunal (el concepto de comunismo), en el cual la sociedad estaría en armonía y podría decidir "democráticamente" la producción y la distribución de bienestar. Recordemos que los movimientos socialistas y en particular Marx, vieron de forma muy idealizada y utópica la experiencia de la Comuna de Paris en 1871, en donde artesanos y obreros se rebelaron y tomaron el poder de Paris (ver aquí). En palabras de Sartori:


"Marx sacó de la experiencia de la Comuna de París de 1871 el modelo para el 'gobierno del pueblo por parte del pueblo' que el anhelaba. De ese modo Marx 'eternizaba' un momento (la Comuna de Paris duró exactamente dos meses y diez días) e ignoraba limpiamente el problema de la duración. En Marx, la descarga de un relámpago se proyecta en la eternidad-en el hegeliano fin de la historia-como si fuese continua e incesantemente reproducible. ... Téngase en cuenta además que París no es Francia y de esa forma la ciudad ideal de Marx infringe también la primera regla, también incumple la relación inversa entre intensidad y extensión. Por lo tanto, que la idea de Marx es una utopia y que la imposibilidad de su proyecto es absoluta, todo eso ya se sabia y podía demostrarse hace cien años" (ibid, 62).


En estos pasajes y en estas "reglas" Sartori nos presenta una visión pragmática y no utópica de la democracia y de la autogestión que es una lección importante de teoría política y de economía política; ya que nos sugiere que la democracia y la "autogestión democrática" de nuestros quehaceres colectivos o económicos poseen 1) profundos limites de escala (i.e., problemas para lidiar con la dimensión, complejidad y extension) y 2) de temporalidad (intergeneracional y de como mantener una "autogestión" en el tiempo con el cambio de las generaciones). El problema de la escala, la complejidad y el de la dimensión son, sin duda, el set de problemas más complicados para la "autogestión" o para el "socialismo democrático" y es debido a estos límites (lo que el Premio Nobel de economía Ronald Coase llama "costos de transacción" o el Nobel Kenneth Arrow "los límites de organización"), por los que necesitamos siempre de jerarquías tanto en la esfera económica (empresas privadas con derechos de propiedad definidos), como en la esfera política (sistemas políticos con representatividad donde delegamos las decisiones políticas). De esta forma, la economía la de la razón a las "reglas" de Sartori, al señalar que existen profundos límites de escala y de extension de la "democracia pura" o de la autogestión, y, por consecuencia, hay que abandonar el utopismo y reconocer que las empresas privadas y la democracia representativa son respuestas eficientes a las limitaciones descritas por Sartori. Dicho de otra forma, la representación, la delega, la política a través de organizaciones (partidos) y, por consecuencia, la democracia representativa son ineludibles si queremos vivir en sociedades amplias y complejas.


Finalmente esta visión romántica y utópica de la "democracia pura" o de la democracia directa sin representación es dañina ya que se puede usar de forma panfletaria por demagogos con la intensión de socavar la democracia liberal que hemos construido. En palabras de Sartori:


"El verdadero peligro que amenaza a una democracia que ya no tiene oficialmente enemigos no está en la competencia de unos ideales distintos; está en reclamar una 'verdadera democracia' que desbanca y repudia la que hay" (ibid., 68).


II. ¿Opinión pública o preferencias?

Un segundo aspecto interesante del libro de Sartori: ¿Qué es la democracia?, es referente a su distinción entre opinión y preferencia de cara a las elecciones colectivas. Sabemos que el Premio Nobel de economía Kenneth Arrow, fundó todo un campo de la economía llamado la "Teoría de la Elección Social" con su famoso "Teorema de Arrow". En simple, Arrow, al igual que Condorcet, estableció que la elección colectiva es de cierta manera "irracional" o "inestable" ya que puede producir resultados distintos de elección social con las mismas preferencias dadas. La paradoja de Arrow o teorema de imposibilidad de Arrow establece que cuando los votantes tienen tres o más alternativas, no es posible diseñar un sistema de votación que permita reflejar todas las preferencias de los individuos de manera coherente y en una preferencia global y homogénea de la comunidad, de modo que al mismo tiempo se cumplan ciertos criterios "racionales". Ante estas ideas, Sartori es pragmático, y por ende, bastante escéptico y crítico respecto a que la política en realidad busque reflejar "preferencias" o "voluntades"-que son visiones de la política que encarnan Arrow y Rousseau respectivamente. En palabras de Sartori:

"a la democracia le basta con la doxa, le basta con que el público tenga opiniones. Por lo tanto, ni cruda y ciega 'voluntad'; ni tampoco episteme; sino doxa, opinión: nada más, ni tampoco, subrayo, nada menos. Y por lo tanto está bien dicho ... la democracia es gobierno de opinión, una acción de gobierno basada en la opinión" (ibid., 73).


De esta manera, Sartori se desmarca de la literatura de la Elección social, para recordarnos que la democracia es simplemente el intercambio de opinión dentro de un contexto de competencia electoral pacifico, no hay en la política, para Sartori, una manera clara o unívoca para expresar preferencias como los economistas entienden preferencias (consistentes, estables, completas, transitivas, etc.) Sartori, nos advierte, que sería un error asumir que la democracia y la política busca plasmar "preferencias" como en el mercado los consumidores plasman preferencias. Para Sartori la política democrática es una de plasmar opinión, nada más, ni nada menos. Las elecciones en democracia serían entonces en simple y pacífico medio para registrar opiniones. En palabras de Robert Dahl:


"La elecciones son un instrumento esencial para controlar a los dirigentes, pero son totalmente ineficaces si se las considera apropiadas para indicar las preferencias de la mayoría. En realidad no hay ninguna contradicción entre estas dos constataciones. ... Aspiramos a que las elecciones revelen la 'voluntad' o las preferencias de la mayoría sobre una serie de problemas. Eso es precisamente lo que rara vez sucede" (Robert Dahl, 1956, A Preface to Democratic Theory, p. 131).


Sartori usa este pasaje de Dahl para advertirnos que seria un error idealizar a la democracia y creer que en la elección social hay un 'oráculo' de la voluntad general o de la voluntad colectiva que pueda ser plasmado en un acto de votación. Por el contrario, no hay voluntad general, simplemente hay una agregación de opiniones que pueden ser inconsistentes, incompletas, variables e intransitivas. No hay un oráculo de elección social que nos ayude a discernir una "voluntad general" o una "preferencia global" que refleje lo que la colectividad anhela, solo hay momentos que registran opinión; esta es una visión mucho menos romántica pero más sobria de la política y la democracia que la que tienen pensadores como Rousseau entre otros. Según Sartori:


"todo lo que 'preferencia' [a la Arrow] simplifica en origen lo complica después en el desarrollo. ... por lo tanto, vuelvo a poner en lugar de honor el acto de opinar como antecedente de preferir y de querer; lo que entre otras cosas vuelve a poner en juego también la opinión reflejada en los sondeos de opinión. ... por lo tanto no se que entender por 'racionalidad' del votante. Pero ese desconocimiento no me preocupa demasiado. De hecho, se me escapa porque tendría que afanarme en perseguir un fantasma que a la teoría de la democracia electoral en el fondo no le hace ninguna falta (ni tampoco a la teoría de la democracia representativa)" (Sartori, ¿Qué es la democracia?, 91-93).


Con todo, Sartori entonces, al igual que Dahl, buscan salvar a la democracia representativa de la utopia romántica de la "voluntad general" de Rousseau y al mismo tiempo de la visión pesimista de la elección racional de la Teoría de la Elección Social, al proponernos una visión pragmática de la democracia representativa como un simple mecanismo pacífico para alternar el poder, poner salvaguardias de control a los gobernantes y para "registrar opiniones" a través de las elecciones.


III. Los límites de la participación y el riesgo del asambleísmo

Un tercer aspecto interesante del trabajo de Sartori, es su concepcion no romántica y no utópica de la idea de "participación" democrática, palabra hoy tan usada y re-utilizada en el contexto de los debates políticos contemporáneos. Hoy infinidades de académicos y movimientos políticos se llenan la boca con la ilusión de querer incrementar la participación ciudadana en las decisiones públicas y colectivas; incluso en Chile hay intelectuales que hacen llamados a "instaurar una república plebeya" (Camila Vergara) o "democratizar el Banco Central" (Carlos Ruiz) (ver aquí). Sin duda la democracia liberal y representativa está pasando por periodos críticos y turbulentos (ver aquí), y esto ha llevado a muchos intelectuales populistas a promover la ilusión de la democracia directa, "la democracia pura" o distintas utopías relacionadas con la deliberación o la democracia radical. La democracia liberal entonces para estos autores utópicos de izquierda, se presenta como "una farsa", una democracia "protegida" por "trampas", en las cuales "el pueblo" no puede expresar su "voluntad" y poder ingerir en la cosa pública. En simple, estos autores ven a la democracia liberal como una "democracia en cadenas" como diría la controvertida autora Nancy MacLean. Pues bien, ante estas ilusiones de la "mayor participación" es que Sartori nos recuerda claramente sus limitaciones. Como señala el pensador italiano:

"Por supuesto, el edificio de la democracia representativa no excluye ni la participación ni el referéndum; pero los incluye como elementos subordinados. Participación sí, donde corresponda; pero no en sustitución de las tareas encomendadas a la representación. En cuanto al referéndum, la democracia representativa lo admite, pero de modo subordinado y sin entusiasmo; porque decidir por referéndum no solo es una decisión que se hurta a los parlamentarios [desproveyéndolos de su rol], sino que también es ... un modo de decidir viciado por defectos intrínsecos" (ibid., 94).

Sartori señala además que, si consideramos la participación como "formar parte" directa en la decisión colectiva, entonces surge un problema grave pues, en las sociedades modernas es imposible ser un ciudadano preocupado de nuestras vidas personales y al mismo tiempo ser un participante activo de todas las decisiones políticas. De esta forma, "si participación es tomar parte en persona, entonces la autenticidad y la eficacia de mi acción de participar está en relación inversa con el número de participantes. ... En suma, participar puede considerarse como una fracción cuyo denominador mida la parte (el peso) de cada participante: y a medida que crece el denominador, va disminuyendo el peso de la participación individual" (ibid., 95).

Pues bien, es evidente que en una nación grande y extensa donde hay millones de personas conectadas en redes complejas del conocimiento y la producción, resulta claro que la "participación" como la pintan algunos es imposible. De esta forma, cuando algunos hablan de "democratizar" el Banco Central y de abrirlo a la "participación ciudadana", lo que realmente se está señalando es que desean que "algunos" grupos de interés o "algunos colectivos" (de sus preferencias obviamente) puedan formar parte de dichas tomas de decisiones, pues resulta evidente que es imposible "democratizar" radicalmente algo como la toma de decisiones respecto a la política monetaria de un país. Como señala Sartori:


"Eso implica que la participación es una panacea de piernas cortas, y por lo tanto no puede ser una panacea general que enarbolan los participacionistas. ... en la práctica al grueso de los participacionistas ... lo que realmente les interesaba era el asambleísmo, en virtud del cual pequeños grupos de activistas se convertían en vanguardias llamadas a guiar a una masas inertes. El suya era, esencialmente, en elitismo de tipo leninista" (Sartori, ¿Qué es la democracia?, p. 95).


Aquí subyace entonces uno de los grandes riesgos de seguir a estos pensadores asambleístas que buscan "democratizar" nuestra vida social, pues en realidad lo que estos terminan promoviendo (de forma voluntaria o involuntaria) es la creación de mecanismos de asamblea a través de las cuales se pueden introducir grupos de activistas, grupos de interés, colectivos políticos, etc., los cuales buscan cooptar y controlar los nuevos "mecanismos democráticos" para que se conviertan en vanguardias de grupos de interés con fines políticos y de control del poder de la toma de decisiones. Paradójicamente entonces, estos mecanismos asambleístas en vez de expandir la democracia y revitalizar nuestra participación en ella, pueden terminar por socavarla y por promover una visión corporativista de ella, en donde nuestra "participación" e injerencia en lo "público" dependerá de si pertenecemos o menos a la nuevas vanguardias de grupos de interés que han cooptado los nuevos mecanismos de "representación". En simple, estos mecanismos no mejoran ni expanden nuestra democracia sino que más bien pueden deformarla y empobrecerla, transformándola en una batalla de juegos de suma cero en donde colectivos con intereses creados batallan por hacerse de la "representación" y así extraer rentas a beneficios de ellos y a expensas de los ciudadanos que no forman parte de estos. Más que una solución a nuestros problemas de la democracia y representación, estos mecanismos de "democratizar" los espacios pueden terminar por carcomer aun más nuestras ya frágiles democracias.

Por lo demás, un segundo aspecto relacionado con lo anterior es que es un grave error asumir que "expandir la democracia" en todas las esferas de lo "público" o lo "social" sea un bien en sí mismo y porte más beneficios que costos. Sin duda, como lo ha hecho notar Jurgen Habermas y académicos como Jack Knight and James Johnson, hay muchos espacios y temáticas en donde, cuando expandimos la participación democrática, esta beneficia la deliberación y enriquece el debate público al generar el espacio de deliberación en donde surge la discusión y el conocimiento en democracia. A través de la "participación democrática, argumentan algunos, podemos activar las propiedades epistémicas de la democracia (la generación de conocimiento colectivo) beneficiándonos (ver aquí). No obstante, resulta claro que hay espacios en donde "expandir la democracia" resultaría en más costos y potenciales riesgos que en beneficios. Por ejemplo, es poco probable que "democratizar" el Banco Central, "democratizar" nuestra política exterior comercial y "democratizar" las decisiones de nuestras Fuerzas Armadas, conlleve a una mejor toma de decisiones y a una mejor generación de conocimiento; pues, en dichos campos existe la necesidad de poseer expertos en una jerarquía que sean capaces de tomar las decisiones por nosotros.

Es más, a nivel teórico, en ciertas variaciones de la dinámica de búsqueda grupal, la representación y la delega muestra una ligera ventaja sobre la participación directa (Grim et al., 2020). En efecto, el economista Garett Jones (2021), en su libro 10% Less Democracy, demuestra múltiples formas en las cuales una reducción del control democrático directo sobre ciertas decisiones públicas genera mejores resultados colectivos, sobre todo en materias técnicas y complejas como la política monetaria del Banco Central. La evidencia empírica y de laboratorio sugiere que deberíamos renunciar a nuestro apego casi religioso hacia la democracia directa y la "expansión de la representación" y reconocer que posee límites y su campo es bastante circunscrito ahí donde puede funcionar. De consecuencia, la "expansión de la representación" no es una panacea y debe ser vista como lo que realmente es: una herramienta que resulta útil sólo cuando es utilizada con moderación. En síntesis, la “democratización” de nuestros asuntos públicos no resolvería realmente los problemas de tener una democracia “no neutral” o “sesgada”, ni tampoco sería capaz de evitar la captura o cooptación por parte de grupos de presión o de cazadores de rentas políticas a nivel local.


En síntesis como resume Sartori:

"La verdad es que el participacionismo de los años sesenta es sobre todo y casi únicamente una exasperación de la participación de tipo activista. El llamamiento a 'participar más' es meritorio, pero hincharlo desmesuradamente, casi como si toda la democracia se resumiera a la participación, supone una recaída infantil. Y es además una recaída peligrosa, ya que nos propone a un ciudadano que vive para servir a la democracia (en vez de una democracia que existe para servir al ciudadano)" (Ibid., 97).

Por lo demás, un exceso de participación democrática y tratar de empujar a que las personas participen activamente en todas las esferas sociales y en la gran mayoría de las decisiones económicas, políticas o colectivas, puede llevar a una sobre-politización de la sociedad: es decir, puede llevar a un aumento excesivo de intensidad de la política; la cual puede conducir a que el ciudadano termine "viviendo para la democracia" y así en constante pugna y discusión política con otros (o contra estos). Esto puede llevar a una intensidad perversa de la democracia, exacerbando el conflicto entre los ciudadanos, que es lo que Sartori llama el salto de la "intensidad al extremismo" político (ibid., 97). Esto es problemático pues, todo lo que hemos visto genera los incentivos perversos para que los individuos estén sobre-politizados y por ende la intensidad política en la forma de mayor "participación" y "expansión" de la democracia, puede-advierte el pensador florentino:

"producir, en el gran público, extremismo. Tal vez eso no sea, para el participacionista, un resultado perverso; a lo mejor le va muy bien con el extremismo (en la practica). Pero su teoría [aquella de la participación a todo evento] solo afirma que participar es virtuoso, y pasa por alto el nexo intensidad-participación-extremismo. No obstante, si ese nexo existe ... entonces la virtud de la participación 'fuerte' debe ser demostrada en su totalidad" (ibid., 98).

De esta forma, los argumentos dados por Sartori y la evidencia empírica reciente tienden a desmontar completamente aquella visión romántica e ingenua de que la "expansión de la participación" y la "ampliación" de la democracia" son elementos que siempre funcionan a favor de la democracia y de la toma de decisiones colectivas. Si el nexo entre intensidad política-participación-extremismo y luego conflicto existe, pues la teoría de la "virtud de la participación" simplemente asume algo que tiene que demostrar y he ahí el talón de Aquiles en el cual se monta dicha visión utópica y riesgosa para el futuro de la misma democracia representativa. En síntesis, "o el partidario de la democracia participativa se decide a explicar positivamente su posición respecto a qué participación (de qué naturaleza) y en qué lugares (¿en todas partes?), o nos encontramos ante un animal que no consigo identificar" (ibid., 98).


IV. El problema del referéndum (democracia de suma negativa)

Otto de los aspectos interesantes del libro ¿Qué es la democracia?, es la crítica que hace Sartori a los referéndum y a los mecanismos refrendarios de democracia directa. En palabras de Sartori:


"El referéndum que interesa aquí ... funda la 'democracia refrendaría'. Definamos este nuevo animal así: un sistema político donde el demos decide directamente las cuestiones específicas, pero ya no en asamblea sino separadamente y en soledad. ... la consecuencia central de esta transformación [de democracia representativa a refrendaria] es la aparición de una democracia de suma cero. Y la transformación es verdaderamente radical, porque la democracia representativa se caracteriza, en cambio, por procesos decisiorios de suma positiva. En síntesis: con la democracia refrendaria, la 'suma positiva' de los sistemas representativos se transforma en una 'suma cero' (ibid., 101).


Este punto es bastante importante hoy, ya que, tanto a novel político como académico, existe esta visión romántica de que los referéndum serían una verdadera respuesta de "democracia radical" para mejorar nuestra democracia y la participación política. Sartori es bastante escéptico respecto al rol positivo y democrático de los referéndum, ya que para el pensador italiano, estos tienen dos grandes problemas: 1) el individuo ya no debe elegir en comunidad, ni a través de un debate político o a través de un proceso de discusión con representantes, sino que en soledad y separado en su urna de votación. Y, 2) los referéndum nos ponen dos opciones mutuamente excluyentes en donde el ganador se lleva todo y deja a la opción perdedora sin nada. Esto es lo que Sartori se refiere como "juegos de suma cero": "el referéndum es un mecanismo decisorio con suma cero: cada vez se aprueba o se rechaza una propuesta prefijada, y cada vez un grupo sale vencedor y un grupo sale derrotado" (ibid., 101).

La gran diferencia es que la democracia representativa, según Sartori, puede abrir espacios de "suma positiva", ya que la democracia representativa pone en marcha procesos de tomas de decisiones colectivas en donde los representantes hablan entre si, negocian, intercambian, buscan espacios de concesión reciprocas y, por ende, están en condiciones de generar acuerdos creativos en donde todas las partes ganen algo y acordar así soluciones con suma positiva. Por el contrario, dice Sartori, "en la democracia refrendaria no hay ni negociación ni intercambio: cada cuestión llega 'prefijada'" (ibid., 102). Esto genera grandes riesgos, pues: "la democracia refrendaria centuplica los riesgos de manipulación y de embaucamiento del demos en un grado mucho mayor que el ya logrado por el demagogo al que estamos acostumbrados" (ibid., 102). En otras palabras, el que sepa manipular la agenda, establecer las temáticas y manipular la redacción de los referéndum puede convertirse en un tirano 'encubierto' en ropaje de referéndum democrático, manipulando y embaucando a la población haciéndoles creer que ellos están eligiendo, cuando en realidad son ovejas de rebaño del controlador de la agenda y del creador de los referéndum quien es el que tiene el verdadero poder. Esto nos señala que no por tener más referéndums y más mecanismos de elección "populares" nuestra democracia es, ipso factor, mejor y más representativa.

Por lo demás, una democracia de referéndum podría tender a agravar el conflicto, al ponernos de manera constante en pugnas de suma cero de "todo o nada en las urnas". Como señala Sartori:

"es importante comprender bien cuáles son las implicaciones de una democracia de suma cero. La primera es que la suma cero tiende a agravar los conflictos: si los que pierden lo pierden todo, entonces la derrota es amarga; y si la cosa se repite un día tras otro puede resultar intolerante. De ese modo tenemos un método de 'solución' de conflictos que agrava la conflictividad. ... Los referendos no miran a nadie a la cara y no pueden más que pisotear los derechos de las minorías" (ibid., 103).

Estas reflexiones son interesnates ya que advierten un aspecto riesgoso y negativo poco explorado de los referéndum, en cuanto estos pueden ser mecanismos que termienne por sobre-politizar a la sociedad y puedan exacerbar los conflictos políticos n el demos en cuanto nos peone constantemente en decisiones de "todo o nada" y en lógicas de pugnas de "suma cero"; todo esto podría empeorar nuestra amistas cívica y envenenar neustra demcoracia a través de un conflicto latente entre ganadores y vencidos de referéndums. Algo no muy lejano a lo que ha ocurrido en Chile en los últimos años, en donde hemos tenido referéndums políticos trascendentales que han tenido la lógica de "jugarse la vida" en pugnas de "suma cero" y que han sacado la peor parte política y polarizada del demos en vez promover la discusión racional, la intermediación y los juegos de "suma positiva". En síntesis, la elección "todo o nada" en referéndums se basa en la elección binaria de cara a un set de información que nos llega como consumidor o elector, pero no se basa en la generación de conocimiento a través de la representación y la discusión, por lo que no genera episteme o conocimiento de utilidad: "a la democracia refrendaria le hace falta precisamente episteme, le hace falta la transformación de la información en dominio del conocimiento. ... Dios nos salve, pues, de esos inexpertos que nos proponen un gobierno dirigido por el inexperto reinante, por el ciudadano aprietabotones" (ibid., 105). En conclusión, la ilusión del referéndum como bala de plata que viene a salvar a la democracia, bien podría ser un remedio mucho peor que la enfermedad y que podría terminar dañándola aun más. Los referéndum no son una panacea y hay que entender sus beneficios como también sus riesgos y costos.

V. Conclusión Parte I:

Para cerrar esta primera parte de las reflexiones en torno a ¿Qué es la democracia?, concluyo con algunas pequeñas ideas a modo de cierre:


1. Si vemos la evolución e involución de las democracias en el mundo y en la historia, creo que Sartori tiene razón. Ahí donde hay “democracia pura” la democracia termina degenerada; ahí donde hay democracia liberal, esta puede sobrevivir de manera más saludable y de manera que canalice y no exacerbe el conflicto.

2. Con respecto a Dahl y la poliarquía, Sartori concuerda de hecho con Dahl y define democracia en términos de competencia poliárquica. En su libro ¿Qué es la democracia? Sartori nos dice: “Concluyo entonces que la estructura de poder de la democracia es difusa y característicamente poliárquica. … voy a definir la democracia así: el mecanismo que genera una poliarquía abierta coya competencia en el mercado electoral atribuye poder al pueblo, y específicamente impone una receptividad de los elegidos respecto a sus electores” (Sartori, 1987, p. 129). Para Sartori, una poliarquía competitiva de partidos y un mercado electoral contestable son base clave de una democracia liberal.

3. Con respecto a otros modelos de democracia, soy bastante escéptico al igual que Sartori, respecto a la existencia “estable” de otros modelos de democracia. De hecho, la gran tesis de Sartori es que NO hay otros modelos de democracia que puedan funcionar; la democracia liberal es el único modelo “operacionable” o "estable" de democracia. De hecho experiencias con otras formas de democracia han siempre terminado mal, o pueden ser factibles solo a escalas muy bajas (una tribu en Afganistán por ejemplo antes de la revolución).

4. Ahora bien, esto no quiere decir que no podamos "enriquecer" y "complementar" a la democracia liberal con mayores grados de participación directa, descentralización de las tomas de decisiones y policentrismo (ver mi trabajo publicado en Estudios Públicos al respecto) . De hecho, la experiencia de la fundación de Estados Unidos, bien puede leerse en clave de tratar de instaurar una democracia liberal con separacion de poderes anidados y altos grados de policentrismo (que de hecho es la tesis de Vincent Ostrom al respecto).


En síntesis, si tomamos en serio el trabajo de Sartori, podemos reconocer que la única solución estable de la democracia es aquella liberal y representativa, en la cual luego se puedan agregar “adds on” de mecanismos de participación, referéndums, y mayores grados de policentrismo en los márgenes, pero solo en algunas partes del sistema, pero no en todo el sistema. Es decir, se pueden agregar algunos referéndums y mecanismos de participación directa en los márgenes del sistema, en o dentro del sistema liberal, pero estos mecanismos no pueden convertirse en el sistema por si mismos; de lo contrario la democracia termina por desvirtuarse en juegos de suma cero, en manipulación de la agenda referendada, en una sobre-politización del demos, en conflicto político constante, etc. Por ejemplo, "democratizar" cosas como el Banco Central es una mala idea qué comporta más riesgos que beneficios, pero "democratizar" la producción de bienes públicos a nivel local es una buena idea. Los detalles de la democracia son sumamente importantes (el diablo esta en los detalles) y hay que entender los riesgos que traen supuestas panaceas como la democracia directa y los referéndum hoy tan promovidos por los académicos que creen que la democracia radical (no-liberal) es la verdadera solución a nuestros problemas; cuando, siguiendo las ideas de Sartori, esta forma de democracia anti-liberal seria un falso profeta que nos puede llevar al despeñadero.


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