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Haruki Murakami: entre jazz, soledad y gatos

  • Foto del escritor: Pablo Prieto
    Pablo Prieto
  • 20 may
  • 11 min de lectura

Ensayo publicado en Revista de Libros: RDL https://www.revistadelibros.com/haruki-murakami-entre-jazz-soledad-y-gatos/ Leer a Haruki Murakami es entrar en un mundo donde lo más cotidiano parece vibrar con una extrañeza difícil de nombrar. Un hombre prepara pasta en una cocina silenciosa, pone un disco de jazz, se sienta a escuchar el leve ruido del departamento y, sin saber bien por qué, siente que algo en la realidad está a punto de mutar. Suena el teléfono. Un gato desaparece. Un pozo se abre como un umbral. Una mujer entra y sale de la narración como si perteneciera al deseo y al recuerdo al mismo tiempo. Entre esta cotidianidad mágica y onírica, Murakami ha construido, novela tras novela, uno de los imaginarios más reconocibles de la literatura contemporánea: un espacio donde la vida moderna y solitaria convive con lo enigmático, con lo onírico y con una sensación de vacío que no es solo angustia, sino también posibilidad y transformación. Por eso, pensar a Murakami desde la modernidad permite ver con mayor claridad el corazón de su obra.


Murakami es, en muchos sentidos, un escritor de la modernidad tardía. Sus personajes viven en ciudades solitarias e indiferentes, escuchan discos occidentales, cocinan solos, leen, beben whisky, caminan entre anuncios de neón y habitan cafeterías, oficinas y apartamentos impersonales. Son sujetos marcados por el individualismo y la impersonalidad contemporáneos, por la fragmentación de la experiencia y por una forma de libertad que a menudo se parece mucho a la intemperie. Sin embargo, Murakami no retrata la modernidad como un escenario social desolado, triste o hastiado, como la haría, por ejemplo, Houellebecq. Murakami convierte dicha modernidad solitaria en una experiencia espiritual a través de lo onírico. En sus novelas, la vida moderna aparece como una forma de separación: separación de los otros, del pasado, del cuerpo, del sentido y, a veces, de uno mismo. Pero lo interesante no es solo que sus personajes estén solos, sino que habiten una realidad en la que el vínculo entre el yo y el mundo parece haberse debilitado.


Dicha soledad es uno de los rasgos más persistentes de su literatura. Pero los protagonistas murakamianos no siempre están socialmente aislados en sentido estricto. A veces tienen pareja, amantes, amigos o conocidos. El problema es más hondo: incluso acompañados, parecen vivir dentro de una cámara interior, una zona de distancia que no logra romperse del todo. Toru Okada en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, Kafka Tamura en Kafka en la orilla, Tengo y Aomame en 1Q84 y Tsukuru Tazaki en Los años de peregrinación del chico sin color—todos están marcados por una fisura íntima que los mantiene distanciados de los demás. Son personajes escindidos que deambulan por el mundo como si les faltara una pieza del engranaje central, como si la vida transcurriera a su alrededor sin llegar a tocar plenamente el núcleo de su experiencia.


Esta soledad no es un simple rasgo psicológico, sino una condición de la modernidad que Murakami capta con extraordinaria precisión. La ciudad moderna promete libertad, circulación, consumo y elección. Pero esa misma promesa produce individuos suspendidos, desligados de algo trascendente, de relatos significativos y de narrativas compartidas. En Murakami, esa suspensión adquiere un tono existencial. Sus personajes cocinan, escuchan música, doblan la ropa, limpian, corren y leen el periódico. Es decir, hacen cosas concretas, materiales, domésticas y banales. Y, sin embargo, esas acciones están envueltas en una atmósfera de extrañamiento: la vida cotidiana no aparece como un hogar pleno, sino como una superficie fina bajo la cual late algo no resuelto, algo incómodo. Por eso, en sus novelas, lo fantástico o lo extraño no irrumpe desde un universo ajeno. Surge desde dentro de la misma banalidad moderna, como si el mundo cotidiano contuviera grietas invisibles que comunican con los sueños, lo mágico y lo maravilloso. En este punto aparece una de las claves más importantes para leer a Murakami: su relación con el vacío. El vacío en su obra puede resultar angustiante. Es pérdida, desaparición, desarraigo, imposibilidad de comprender del todo lo que sucede. Pero también puede ser una apertura o una fisura a través de la cual podemos comunicarnos con algo trascendente. Murakami parece sugerir que el sujeto moderno está demasiado lleno de ruido, de hábitos mentales, de recuerdos confusos, de deseos no pensados y de automatismos. Solo cuando algo se rompe—una relación, una rutina, una identidad, la continuidad del tiempo, la desaparición de un gato—se abre la posibilidad de una percepción distinta y de un camino alternativo para recuperar o encontrar dicha pieza interior perdida. Es aquí donde los dejos budistas de Murakami se vuelven fecundos.


Murakami no escribe novelas budistas en un sentido estricto o doctrinal. Este no predica enseñanzas, no organiza sus tramas como parábolas religiosas ni convierte a sus personajes en ejemplos de iluminación—a pesar de que su abuelo era un monje budista y abad de un templo en Kioto. De esta manera, muchas de las intuiciones más profundas del autor dialogan con sensibilidades budistas: la impermanencia de todas las cosas, la fragilidad de la identidad, la naturaleza ilusoria de un yo sólido, el sufrimiento ligado al apego y la necesidad de aprender a tener una relación distinta con la realidad. En sus novelas, las personas sufren porque se aferran a imágenes de sí mismas, a amores que no pueden retener, a recuerdos que no dominan, a deseos que no entienden del todo. El mundo cambia, las personas desaparecen o te abandonan, el tiempo no avanza de forma lineal y el yo se revela mucho menos estable de lo que quisiera creer.


Kafka en la orilla es un claro ejemplo de ello. Kafka Tamura huye de su casa con la voluntad de construirse a sí mismo, de convertirse en “el chico de quince años más duro del mundo”. Esa fantasía de autodominio es muy moderna: el yo como una pequeña empresa, como fortaleza, como decisión. Sin embargo, la novela va desmontando esa ilusión. Kafka no controla las fuerzas que lo atraviesan: el deseo, la profecía, la memoria, la culpa, el sueño, la violencia y la atracción por lo desconocido. La identidad no aparece como algo que uno produce de manera soberana, sino como una zona porosa, atravesada por historias anteriores, por vínculos invisibles y por capas del inconsciente o del destino que exceden la voluntad. Desde una sensibilidad budista, esto puede leerse como una crítica a la idea de un yo autónomo y fijo. Kafka cree que puede afirmarse endureciéndose, pero el recorrido de la novela sugiere que comprenderse exige, más bien, atravesar la incertidumbre y aceptar la pérdida de control.


Algo parecido ocurre en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Toru Okada comienza como un hombre ordinario, incluso soso. Cocina, espera, busca al gato perdido, responde llamadas extrañas. Sin embargo, esa aparente insignificancia inicial es decisiva. Murakami construye una especie de vaciamiento progresivo del personaje. Toru pierde puntos de referencia, su matrimonio se desmorona, la realidad se vuelve más opaca y él acaba descendiendo, de manera literal y simbólica, al fondo de un pozo. De hecho, el pozo es una de las grandes imágenes murakamianas: un espacio de silencio, de suspensión, de retiro de la superficie del mundo. Puede leerse como descenso al inconsciente, como umbral hacia otra dimensión mágica, pero también como figura de una práctica de vaciamiento. En el pozo no se hace nada productivo. No se conquista, no se explica ni se resuelve de inmediato. Se espera. Se escucha. Se soporta la quietud. Y en esa quietud surge otra relación con el mundo.


Dicha relación tiene mucho que ver con lo que podríamos llamar “dejarse llevar”, pero no se trata de pasividad banal ni de una renuncia total a la responsabilidad. En Murakami, dejarse llevar significa, muchas veces, dejar de imponerle a la realidad o a la vida una forma rígida o preconcebida de las cosas. Significa aceptar que no todo puede controlarse, que la vida no siempre responde a una lógica lineal y que, a veces, la única forma de avanzar es dejar de empujar y dejarse llevar por la corriente—un mensaje maravillosamente plasmado en la película animada Flow, que conversa mucho con el imaginario de Murakami. Los personajes de Murakami suelen llegar a puntos en los que la voluntad moderna, esa voluntad de planificar, dominar, definir y comprender, se revela insuficiente. Entonces queda otra cosa: seguir el ritmo del agua, prestar atención a señales sutiles, aceptar encuentros improbables, escuchar silencios, entrar en espacios inciertos. Dejarse llevar, en este sentido, es una forma de apertura.


Hay un dejo budista en dicha disposición. El budismo, en algunas de sus formulaciones, enseña que gran parte del sufrimiento humano nace del apego y de la posesión: del apego a una identidad fija, a deseos inamovibles, a la ilusión de permanencia, a la necesidad de que el mundo responda exactamente a nuestras expectativas. Murakami no formula esto conceptualmente, pero lo dramatiza en la narrativa. Sus personajes sufren al intentar aferrarse a certezas imposibles. Solo empiezan a transformarse y a superar el malestar cuando aceptan la fluidez de la experiencia y abrazan la incertidumbre y se dejan llevar. Esto no trae felicidad inmediata; trae, más bien, una forma distinta de estar en el mundo. Menos dura, menos obsesionada con el control, más disponible para el misterio. Sus protagonistas raramente imponen su voluntad al mundo; más bien esperan, observan, dejan que las cosas ocurran. Hay una pasividad casi contemplativa.  


En relación con esto, el jazz se vuelve fundamental en la experiencia murakamiana. No es casualidad que Murakami haya sido dueño de un club de jazz (el Peter Cat) ni que la música atraviese sus novelas de forma tan insistente. El jazz no es solo una referencia cultural elegante ni una marca de estilo. Es una forma de percepción alternativa: su lógica de improvisación, escucha, repetición con variación, atención al ritmo y la convivencia entre estructura y libertad se parecen mucho a la manera en que Murakami construye sus relatos. Sus novelas avanzan como piezas de jazz largas y nocturnas: retoman temas, se desvían, regresan, abren solos inesperados, dejan silencios, sostienen una atmósfera extraña y permiten que ciertos motivos —un gato, una canción, una llamada, un vaso de whiskey, una mujer, una sombra— reaparezcan transformados. El jazz, en este sentido, es casi una filosofía narrativa del dejarse llevar y de abrirse a lo inesperado. No elimina la forma, pero tampoco la rigidiza. Hay rumbo, pero no un itinerario preestablecido. Podría decirse que en Murakami el jazz opera como una forma secular de meditación: ordena el tiempo, concentra la atención, permite habitar el instante y suspender, aunque sea por un momento, la ansiedad del yo y la intemperie moderna. La relación entre Murakami y el jazz es tan profunda que este acaba de dedicar un libro a explorar el vínculo emocional, artístico y creativo entre el jazz, los ritmos y la narrativa, en su ensayo Retratos de jazz.  


Y, por supuesto, están los gatos. Los gatos en Murakami no son simples mascotas pintorescas, sino figuras más características de su imaginario y condensan varias de sus obsesiones centrales. Los gatos aparecen como mediadores entre mundos, entre la realidad y el mundo de los sueños,  como seres que se mueven con naturalidad entre la cercanía doméstica y la alteridad indescifrable. Son familiares y extraños al mismo tiempo. Viven junto a nosotros, pero pertenecen también a otra lógica, más silenciosa, más libre, más opaca, más ambigua. En Kafka en la orilla, Nakata habla con ellos. En Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, la desaparición del gato inaugura toda la deriva de la novela. El gato, en Murakami, suele marcar el comienzo de un descentramiento. Algo se pierde y, al perderse, se abre una búsqueda, una pérdida y un encuentro que se funden a través de los gatos en los relatos de Murakami. En cierto sentido, el gato representa muy bien esa actitud de “dejarse llevar” que recorre su obra. El gato en Murakami no fuerza ni doblega al mundo; lo atraviesa con paciencia, instinto y atención. Descansa, observa, desaparece, reaparece. No se aferra a una lógica productiva. Habita el tiempo de otra manera. Por eso resulta tan significativo que Murakami recurra a ellos una y otra vez. Los gatos encarnan una libertad enigmática, una relación no instrumental con el espacio, una presencia silenciosa que está muy lejos del sujeto moderno acelerado, controlador y ansioso. Son, por así decirlo, pequeños maestros de una ontología murakamiana: vivir sin dominar, habitar sin controlar, moverse entre el interior y el exterior y confiar en ritmos no enteramente racionales. Los gatos, en Murakami, encarnan una forma de sabiduría casi zen.


Pero dicha sabiduría no llega como sistema, sino como tono, ritmo, imagen recurrente y disposición del personaje. Murakami no predica una salida. Más bien, acompaña a sus personajes en el aprendizaje incierto de una relación menos violenta con el vacío. En vez de vencer la soledad, aprenden a escucharla. En vez de fijar una identidad definitiva, aceptan cierta porosidad y un flujo. En vez de imponer sentido de inmediato, se internan en zonas donde el sentido tarda en aparecer o quizá nunca se cierra del todo. Hay en esto una ética del no forzar. No se trata de rendirse, sino de comprender que la realidad no se deja poseer por completo. Incluso el amor, tan importante en sus novelas, está atravesado por esta lógica. Murakami escribe mucho sobre vínculos intensos, ausencias, amores imposibles, erotismo, memoria del cuerpo, relaciones que marcan para siempre. Pero casi nunca presenta el amor como una fusión estable o una salvación definitiva. El amor en Murakami suele ser una experiencia de pérdida y distancia, pero también de apertura y de conexión profunda. Amar a otro implica aceptar que nunca lo poseeremos del todo, que siempre habrá una parte opaca, ausente o inalcanzable. Desde una perspectiva budista, esto puede leerse como una lección contra el apego posesivo. El amor no desaparece por eso; se vuelve más triste, pero también más verdadero. Lo importante no es asegurar al otro dentro de una estructura fija, sino dejarse transformar por el encuentro, incluso cuando ese encuentro esté marcado por la desaparición o por el tiempo.


Con todo, la respuesta o la “no respuesta” murakamiana, si puede llamarse así, no es una respuesta cerrada. Pero sí puede intuirse una dirección. Vivir exige atención. Exige ritmo. Exige cierta fidelidad a la rutina, pero una rutina porosa, capaz de dejar entrar lo inesperado y, por qué no, lo mágico. Exige aceptar la impermanencia sin caer en el cinismo. Exige reconocer que el yo es menos sólido de lo que pensábamos y que eso no es únicamente una amenaza, sino también una forma de libertad. Exige, sobre todo, dejarse llevar sin desaparecer: confiar en el movimiento de la experiencia sin renunciar por ello a toda conciencia. Por eso el mundo de Murakami sigue resultando tan fascinante. Porque nombra una experiencia muy contemporánea: la del individuo solo en medio del vértigo moderno, sin reducirla a una sociología o a una psicología barata. La convierte en una búsqueda espiritual laica, nocturna y profundamente literaria. Entre jazz, soledad, budismo y gatos, sus novelas elaboran una visión del mundo donde la vida moderna aparece herida, pero no completamente vacía; desorientada, pero todavía abierta al asombro; solitaria, pero no incapaz de conexión. Murakami nos recuerda que incluso en el apartamento más silencioso, en la calle más banal o en la rutina más repetida puede abrirse una puerta hacia algo más profundo y significativo.


En conclusión, Haruki Murakami ha construido una obra única precisamente porque sabe captar el desamparo de la modernidad sin renunciar al misterio. Sus personajes viven en el corazón del mundo contemporáneo, pero también al borde de sus grietas. Su soledad no es solo una patología privada, sino también una condición histórica y espiritual. El budismo aparece en su literatura no como una lección explícita, sino como una sensibilidad ante la impermanencia, el vacío, el sufrimiento y la insuficiencia del yo rígido. El jazz le ofrece un modelo de ritmo, de escucha e improvisación. Los gatos, por su parte, condensan esa libertad sigilosa y esa relación no posesiva con el mundo que sus personajes tanto buscan. Y el dejarse llevar, lejos de ser simple abandono, se vuelve una forma de sabiduría: aprender a avanzar sin controlarlo todo, a escuchar sin imponer, a habitar la incertidumbre sin quedar destruido por ella. Tal vez esa sea la lección más honda de Murakami: que vivir en la modernidad no implica necesariamente endurecerse, producirse o consumirse a uno mismo sin pausa, ni llenar el vacío con el ruido del scrolling. También puede significar sentarse en silencio, poner un disco de jazz, observar a un gato que pasa y aceptar que el mundo, incluso ahora, sigue siendo más extraño, más frágil y más significativo de lo que nuestra prisa suele permitirnos ver.

 
 
 

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